Hablemos de burnout y fatiga por compasión

Por Poli Sotomayor

No es cosa fácil hablar de burnout, fatiga por compasión, desgaste por empatía o estrés por compasión. La cultura capitalista te enseña que: si tienes trabajo, es más, si tienes trabajo de más, no es para quejarse sino para agradecer que lo tienes. Claro, esto sólo beneficia al empleador y a lxs jefes. No al trabajador. Tristemente, esto pasa aun cuando tú eres tu propio jefe, o el emprendedor de un proyecto, pues también tenemos naturalizado que hay que trabajar mucho, muchísimo, para ver frutos. Ambos pensamientos son falaces, por supuesto.

La realidad es que esta cultura sólo beneficia a lxs capitalistas y explotadores. Y tristemente, si eres activista eres le menos beneficiadx por esta cultura. Pues siempre tienes muchísimo trabajo y además se espera que no te quejes, porque tu trabajo es el “trabajo soñado” de muchos altruistas de ocasión y de nobles personas que desearían dedicarse más y más a ayudar a otrxs. Así que “tú que lo haces y más aún si lo haces de tiempo completo: no te quejes”.

Además, está el estrés añadido de que ser activista significa representar valores y un movimiento, así que “no puedes equivocarte ni por error”, “no puedes quejarte de tu vida personal porque tu causa es más importante”, “no puedes tener problemas económicos” y además se espera que todo tu trabajo sea gratuito y “tienes que ser positivx y asertivx siempre” porque ¡vamos! ¿quién más querrá añadirse a la lucha por la justicia si todo lo que se ve en esta lucha son activistas desgastadxs, cansadxs, quejosxs y desesperanzadxs?

Así que lxs activistas nos callamos. Pero la realidad es que muchxs de nosotrxs tenemos burnout y/ o fatiga por compasión. Y ningunx de nosotrxs hace activismo porque quiera o porque soñamos con el listón distintivo de “activista”. Lo hacemos porque nos sentimos incapaces de ser indiferentes ante la violencia, la ignorancia que condena a otrxs y el sufrimiento de lxs demás.

Estos son algunos de los síntomas del burnout, fatiga por compasión, desgaste por empatía o estrés por compasión: agotamiento físico, cansancio emocional, despersonalización (sentir que tú no eres tú), ausencia del deseo de convivir con otrxs, tristeza constante, dolor de cabeza, ansiedad por cumplimiento, miedo, culpa por no poder ayudar, ansiedad, estrés, sentimiento de enojo con la sociedad, desinterés, desesperanza, falta de atención, insomnio, dolor muscular de espalda, problemas gastrointestinales y alteraciones en la interacción social. Para quienes experimentamos estas condiciones solemos sentir la mayoría de estos síntomas en algún momento del día o todo el día, todos los días. Cabe decir que, aunque el burnout no es lo mismo que la fatiga por compasión, dado que uno deriva de las interacciones en el ámbito del trabajo (activismo, en este caso), el otro deriva de las interacciones entre nosotrxs (como activistas) con las diversas víctimas de la explotación y violencia. Pero, en lxs activistas, sobre todo en lxs activistas por la liberación animal y las feministas, burnout y fatiga por compasión van de la mano.

Si no nos conocemos: ¡hola! Yo soy Poli. Empecé a hacer activismo hace 20 años. Fundé mi primer colectivo de activismo hace 10 años y renuncié por vez primera a un proyecto de activismo hace 6 meses. Lo que he acumulado en 20 años apenas estoy empezando a liberarlo. ¿Y qué he acumulado? Estrés, ansiedad social, miedo, amenazas, tristeza, desesperanza, responsabilidades, ataques laborales, calumnias y difamación, “pobreza económica”, alienación social, acoso, incomprensión, ah sí… y agotamiento físico, emocional y psicológico.

Una amiga activista me dijo hace tiempo, luego de que renuncié a un proyecto global por abuso de autoridad y burnout: “lo siento mucho Poli, he pensado que incluso yo y otrxs compañerxs te provocamos el agotamiento porque siempre te pedíamos participar en todo y tú siempre nos decías que sí”. Se me quedó dando vueltas lo que me dijo mi querida amiga, porque es cierto: otras personas asumen que como eres activista tienes que ayudar y además yo asumo que tengo que ayudar. El resultado es que he estado trabajando sin parar y sólo hacer pausa no es fácil.

Hago activismo y trabajo tanto porque quiero abolir la violencia, pero ver, escuchar y convivir con tantxs animales no humanxs, mujeres y comunidades violentadas, conocer sus historias y sentir empatía por ellxs hace que sufra burnout por compasión. Lloro a diario. Y no puedo parar de hacer activismo porque hacer activismo es lo poco que me ayuda a brindar amabilidad y cariño a otrxs que están siendo explotadxs y violentadxs diario. Siento que lo menos que puedo hacer es ayudar un poco: estar ahí, educar sobre la no violencia, ofrecer espacios libres de violencia, coordinar campañas, escribir artículos, etcétera, pero el problema es que ayudando poquito aquí y poquito acá ocupo por completo mis días… ¿Ven cómo funciona el ciclo?

Nunca pensé que yo, entre todxs, iba a sufrir agotamiento por compasión, porque “yo me cuido”, porque yo medito, yo hago yoga, hago ejercicio, como saludable y conscientemente, tengo círculos de diálogo, estoy acompañada, etcétera. Pero todo esto no cambia la realidad, así que no puedo fingir que no existe la violencia. Cuidar de mí no desaparece a todxs lxs violentadxs.

Nunca pensé que yo, entre todxs, iba a sufrir burnout, porque a mí me encanta emprender y trabajar, porque yo tengo TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad), así que estar ocupada es algo que amo y necesito para ser feliz. Pero todo esto no cambia la realidad: hay demasiado por hacer y además la gente abusa de mí y de mi modo de percibir e interactuar con el mundo y me pide, me pide y me sigue pidiendo apoyo, ayuda, proyectos, coordinar campañas, etcétera y yo no quiero decir “no”.

Hace tres meses pensé en dejar el activismo. Tomarme un año sabático. Pero eso no es lo mejor para los proyectos en los que estoy ni para otrxs ¿cierto? Tampoco sé si es lo mejor para mí. El problema del activista es que no deja de pensar en otrxs. Y, además, muchos de lxs otrxs no piensan en la salud del activista, en cómo apoyarle, en cómo facilitar su trabajo. A veces hasta parece que es al revés por completo. Ser activista es nadar contra corriente y puedes ser la mejor nadadora, pero invariablemente te vas a cansar si las olas no cesan.

¿Qué creo que necesitamos para combatir el burnout por compasión y agotamiento en el activismo? Auto-cuidado, cuidado comunitario y mindfulness[1]. Aprender a decir no. No somos superheroínas. Sentimos, de hecho, sentimos más que la mayoría de la gente, por eso la mayoría de lxs activistas somos PAS (Personas Altamente Sensibles). Crear comunidades resilientes. Participar en comunidades que tomen relevos, que sean compasivas y autocompasivas. Valorar el trabajo de lxs activistas en todos los sentidos: su tiempo, lo que invierten, su experiencia. Ayudar a lxs activistas, ya sea a pagar la cuenta del mercado o del Stream Yard con que hacen cada evento online. Necesitamos activistas para ayudar a lxs activistas. Tejer comunidad ofreciendo apoyo. Y necesitamos disfrutar el presente. Soltar lo que no podemos cambiar y actuar con ética a pesar de ello. Necesitamos amabilidad y calma, autocompasión y aprecio de nosotrxs y otrxs. Y necesitamos brindarnos mucho cariño, porque mientras la violencia no pare, lo que más necesitamos para detenerla es su némesis: la rebeldía del amor.

 

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[1] Práctica de la consciencia, atención y memoria, sin divagación en el pasado, ni el futuro, ni el apego ni el rechazo.