Vivir en los márgenes. De cómo abandoné el doctorado y elegí el exilio.

El sistema social en el que vivimos está diseñado para hacernos creer que lo único que importa es la meta, pero no así el camino ni todo lo que creas, trabajas gratuitamente para el capitalismo, ni todo lo que aprendes. Si no obtienes el título no vale, si no obtienes el premio no sirve, si no obtienes la fama no sirve, si no te vuelves millonarix entonces no sirve de nada.

He pensado en escribir este artículo durante años. No sólo desde que abandoné el doctorado hace 5 años, sino ya desde que estaba ahí “estudiando”, desde que “estudiaba” la maestría, desde que “estudiaba” la licenciatura y probablemente incluso desde que “estudiaba” la preparatoria en una escuela particular en la que se valoraba más tu habilidad para hacer felices a lxs profesores que tu inteligencia o diversidad. Y pongo el estudio entre comillas porque tantas de esas etapas no me dejaban estudiar realmente, sólo eran espacios de domesticación y normalización del habitus[1] del intelectual o del investigador.

Y bueno, además, este artículo no se escribe solo. Se escribe con el dolor y la resistencia de años de vivir el capacitismo académico que sufrimos todxs tras la eterna exigencia, no de ser inteligentes o creativxs sino de producir, pues el sistema académico no es otra cosa más que otra faceta del capitalismo, y la creatividad intelectual no es el objetivo de las ciencias ni de las disciplinas, sino producir o reproducir (mayormente) todo aquello que ayude a mantener en el poder y la comodidad a la categoría hombre blanco explotador. Y bueno, esta tarea definitivamente la reprobé todas las veces porque nunca fue mi objetivo, mientras que sí lo fue señalar los ejercicios profundamente colonialistas y violentos que se gastan las instituciones académicas, tanto como cualquier otra fábrica promedio, pero la academia, en cambio, no acepta, de ninguna manera, ser objeto y reproductor del fascismo, misoginia, racismo, especismo (y otros ismos) anclados en un antropocentrismo diseñado y ejecutado solo alrededor del hombre blanco, porque incluso en la crítica al sistema se usan marcos epistemológicos escritos por hombres blancos, o si no por mujeres blancas aceptadas porque no incomodan al hombre blanco, o por escasas personas racializadas acríticas que usan el marco conceptual dado sin el objetivo de exponer y menos aún de entender sus contradicciones. Y es que el mundo académico no es incluyente, mucho menos de quienes, siendo neurodivergentes, nos pasamos los grados enteros intentando hacer buenos maskings[2] para que no se noten nuestras diferencias y así evitar otra más de las violencias académicas.

Y por eso lo dejé, aunque sí lo terminé completo y escribí una tesis (de hecho, dos), pero no quise seguir participando de someterme a mí y a mis tesis a violencias estructurales, normalizadas y profundamente enfermizas. Lo dejé porque mi salud mental es más importante y no quise seguir poniéndome un disfraz. Lo dejé, también, porque dejé de creer que para cambiar el sistema había que “quemarlo” desde adentro, pues cuando estás adentro ya te estás quemando y el único fuego posible adentro sigue siendo el fuego ficticio y controlado que es simbólico, pero no sirve para dar fin radicalmente a toda violencia. Estando dentro no alcanzas a ver cómo te quemas y quemas a tu alrededor a quienes dices querer proteger porque nadie se salva de la dominación e imposición de enfoques hegemónicos.

La academia está llena de contradicciones, claro, todxs lo saben. Pero es que más allá de la contradicción, la academia es el espacio perfecto para normar y reproducir el estatus quo disfrazado de interés social. Pero no, la revolución no se hace en la academia, la academia no es radical y la academia solo está ahí para robar y contar los hechos como mejor le parezca y luego cobrar los frutos de sus congresos de altos presupuestos, mientras la gente seguimos haciendo la vida y el movimiento sin que nuestras vidas mejoren un carajo.

Ufff… esas fueron muchas palabras para decir: Yo no podía permanecer en la academia como una mujer anarquista, feminista, vegana, radical, activista y con TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). Y sin embargo estuve ahí la vida entera, o al menos, los primeros 30 años de mi vida, porque de todos los espacios en el sistema social me parecía el menos violento y sin embargo era éste el que me violentaba día tras día señalando mi condición de mujer y de activista como si fueran problemas ¡claro! ¿Para quién son problemas? Para el sistema patriarcal, especista y capitalista que espera que nada se cuestione y menos que nadie se atreva a querer cambiar algo. Es que el “sistema” es el mismo sistema académico. Seamos clarxs: la academia impone estas violencias como norma y luego dice que las analiza desde el “pensamiento crítico”.

Lo que viví como estudiante de posgrados e investigadora fue un verdadero horror que no sólo viví yo, sino los miles de estudiantes de posgrados que tienen experiencias de abuso, castración de la creatividad, agotamiento crónico, estrés y desmotivación, porque si tienes cualquier ápice de crítica seria a “la humanidad”, su defensora: la creadora de la humanidad eurocéntrica que define quien es humano y quien no lo es suficientemente (o sea la academia) sale a defender la noble práctica misógina, clasista, racista y especista de los privilegios y espacios ganados, que no son más que sitios robados.

De la academia me exilié por miles de razones que no alcanzan en un solo artículo. Me cansé de que la equidad y la horizontalidad sean sólo conceptos, nunca prácticas. Me cansé de que el espacio para la creatividad fuera inexistente, como comprobé por enésima vez cursando una maestría en una universidad que se jacta de tener sistemas de titulación diversas y que me admitió para realizar un documental y ya con un pie dentro me dijo “cuícuiri” o “no es cierto, queremos que hagas una tesis convencional y te aguantas”. Me exilié porque el momento en el que dije dentro de mi tesis doctoral las palabras:

las políticas públicas en México son diseñadas por las empresas alimentarias monopólicas y el sistema educativo y profesional en el área médica lo solapa y reproduce para dar lugar a ganancias millonarias para las industrias alimentaria y farmacéutica y, por cierto, esto sucede como producto de un sistema especista y capitalista que afecta a todxs lxs animales del planeta, incluidxs la mayoría de lxs humanxs que mueren por causas alimentarias primordialmente”,

bueno, pues en ese momento me convertí en la enemiga número uno de mi posgrado, uno en el que tuve que pasar de asesora en asesora[3], como si cambiara de calzones, porque querían que yo tuviera sus intereses, no que yo hiciera mi investigación y un producto de divulgación, querían que me “enfocara” en lo que ellas querían, que eligiera un mentado caso específico que yo no quería, que hiciera un trabajo de campo irrelevante para el tema, que hiciera lo que ellas conocían, en síntesis, que yo dejara de decir cosas que les incomodaban, porque estaba bien que yo hablara del narcotráfico o de la violencia política y misógina en los rituales indígenas porque a eso sí se le puede oponer unx como humanx promedio de izquierda, pero “no me toques un son en el que no me puedo regodear como unx humanx superior porque aquí yo participo en el especismo, las adicciones alimentarias, la violencia y el engaño”.

En palabras de la coordinadora del doctorado “Poli eres una estudiante brillante, quizás la más brillante de tu generación, pero necesitas ser menos radical”, traducción: no importa tu inteligencia, tu sensibilidad o tu creatividad, no importan las conexiones que estás haciendo con tu investigación, no importa la evidencia, no importa señalar un sistema violento en favor de un bien mayor, no importan todxs quienes somos afectadxs por esto: “aplácate, juega a ser una más”[4].

Empecé a participar como ponente en foros académicos sobre horizontalidad desde que tenía 22 años. Tuvieron que pasar otros diez para que me diera cuenta de que la horizontalidad en la que quería participar no iba a suceder en la academia, que tenía que dejarla. Y al final así fue. Y claro que he vuelto a caer por error y por breves periodos de tiempo en espacios jerárquicos: en conferencias a las que me invitan a trabajar pero no me pagan y en organizaciones globales que sólo tokenizan[5] a las activistas latinas por nuestros colores de piel y regiones, pero no se interesan en nosotras como creadoras de enfoques y teorías porque sólo se espera que reproduzcamos sus violencias y lxs hagamos sentir bien con su inclusividad.

Pero sí… con mucho trabajo construí espacios donde la colectividad se desarrolla con amor y crítica, espacios en los márgenes, espacios fuera de la academia, pero aún dentro del sistema opresor que son las redes sociales creadas por más hombres blancos que vetan nuestros contenidos. También creé espacios físicos de libertad creativa y de pensamiento hasta que llega otro uniformado y me dice que no existe la propiedad pública y nos saca a golpes y con armas (literalmente) de reservas forestales en las que ellos protegen a talamontes y ganaderos, pero no a nosotrxs: lxs activistas que sí estamos por los intereses del bosque.

Y así, en la desesperación y frustración, sentí que quizás debía volver y encontrarme de nuevo en un espacio malo y conocido que en el limbo de los márgenes tan difíciles por habitar en México. Hace unos días solicité un espacio en el doctorado de estudios de la mujer, en el área de estudios animales críticos y decoloniales, en una universidad en Canadá. Lo hice con miedo, pero también con la ilusión de salir de este jodido país. Y luego de hacerlo me fui arrepintiendo todo el día, al punto de generar tanta incomodidad que me senté a escribir este artículo.

Pero esto no se puede entender si no regreso tiempo atrás… En mi vida he vivido tres exilios y ahora estoy planeando el cuarto. Seis años atrás me exilié de la Ciudad de México, donde nací, por ser un sitio en el que no hay cabida para quien sea que busque salud, silencio, amabilidad o la naturalidad de vivir entre árboles y aves y no concreto. Me fui a vivir a un pueblito en el cual poder sanar las heridas que el capitalismo urbano había dejado en mí. En ese momento de mi vida ya era insufrible el caminar por calles de cemento en las que a cada lado era baleada por el consumismo de los comercios, la violencia especista y la norma misógina que no paraba de gritarme, juzgarme y pretender que yo fuera feliz en un sistema social que lo único que quiere de nosotras es domesticarnos, como a todxs lxs demás animales y a todxs lxs “sub-humanxs” que no somos esa humanidad eurocéntrica creada por “la ilustración” de un par de hombres blancos y tan bien representada por Da Vinci como eso: el hombre blanco con el pene al descubierto. El caso (o el chiste) se cuenta solo cada vez que alguien usa la frase “el hombre” para describir a la especie entera, aunque la frase no representa ni a la quinta parte de la humanidad, tomando en consideración que la mayoría de la especie somos mujeres y muchxs son niñxs o personas de orientaciones e identidades diversas que no son un hombre, ni tampoco un hombre blanco…

Entonces la CDMX me dolía mucho más y me encontraba creando espacios semi-seguros constantemente para tratar de minimizar este dolor que, además, en tantas ocasiones fue y sigue siendo desestimado porque es normalizada la violencia laboral, la violencia de la urbanidad, el patriarcado y el especismo. Pero a mí me dolía (y aún me duele) cada carnicería, cada “piropo”, cada asfalto… y se desestimaba una y otra vez mi dolor, ya sea porque la gente está acostumbrada a aceptar la dominación y no entiende que alguien no la acepte, o porque la gente está desensibilizada a tal punto que lo único que se le ocurre para la incomodidad de la violencia son frases capitalistas como: “pero échale ganas” o “no te sientas mal” que no sirven de nada y hacen apología del capitalismo porque “todo se soluciona trabajando más” o haciendo como que no existen las injusticias y los sentimientos, y justo por eso son la punta del iceberg de todo lo que mejor no se dice y se oculta para no dejar por sentado que el sistema nos lastima a todxs.

Me exilié porque no es fácil ser vulnerada constantemente, además nunca logré hacer como no que existía la violencia siendo, como soy, una Persona Altamente Sensible. Ni de niña lo logré. No sé si alguna vez en mi vida me he sentido libre del yugo patriarcal y capacitista, y claro, no tardé mucho en reconocer que todos los yugos son el mismo y que lxs opresores están en todos lados, oprimiendo y, además, siendo oprimidxs sin quejarse un poco porque el privilegio de oprimir es el fantástico sueño americano, vanagloriado como la religión que es.

Mi segundo exilio fue la academia y de eso ya hablé un poco. Y el siguiente fue el exilio de la poca normalidad que me quedaba: el exilio de la cotidianidad normada. Y fue así que me fui a vivir como nómada a una van que camperizamos artesanalmente con recursos reciclados y de segunda mano, con mi propio sistema sustentable, ecológico y contra capitalista, sin cuentas que pagar, sin el “arreglo personal” que no es sinónimo de higiene sino de consumismo sexista y de productos perfumados que contaminan el agua y matan animales, sin orinar en agua limpia en un cuarto diseñado para esconder que somos animales que defecan y orinan, sin pretensiones y además en el margen: fuera de las ciudades, lejos de los sembradíos, sin caminos, sin gente, con paneles solares, composta y mucha sanación emocional y espiritual.

Este exilio, si bien supuso muchas alegrías y la recuperación de habilidades naturales vastas como la recolección, identificación de alimentos en el bosque y la elaboración de mis propios alimentos (algo que inició muchos años atrás con un estilo de vida artesanal y sustentable), también me volvió excesivamente consciente de nuestras diferencias y cómo estas nos habían mantenido al margen siempre (y en el “nuestras” incluyo a mis compañeros de vida: un perro callejerillo amoroso y otro humano artista y autista). Un margen social del que no vamos a salir, en el que aprendimos a vivir con todo lo que eso implica: la marginación de un lado, el distanciamiento del centro de la opresión por el otro.

Así, viviendo en el margen, recorrimos el país entero durante tres años y medio, haciendo activismo, creando arte, promoviendo el pacifismo y la inteligencia emocional desde un enfoque comunitario que responsabiliza a lxs opresores, para quitar el foco constante del individuo como creadorx y culpable de sus condiciones. Y entre muchas conclusiones que requerirían de muchísimas palabras para ser compartidas, la que quiero destacar ahora es que el margen en el que nos encontramos era el entorno más apto (aunque no justo ni fácil) pero sigue siendo uno en el que habita gente armada, la pobreza, la brutalidad policíaca, el miedo social y más.

Vivir en una van como nómadas ha sido la mejor experiencia de la vida, pero no ha restado nada a la marginalidad social y a la vasta agresividad humana, en un país donde la moneda de cambio es el miedo acompañado de armas y golpes, sea de la policía o de “lxs vecinxs” de ocasión.

México es invivible ya. Y por eso aquí llega la planeación del siguiente exilio, uno en el que no sabemos si nos meteremos en una cueva o tramo inaccesible para escondernos de esa humanidad, esta vez tajantemente, o si abandonaremos el país para buscar otras dinámicas y sentimientos, algo que no está garantizado porque la globalización y el capitalismo rapaz se encuentra en todos lados o al menos así me lo parece ahora. Hoy me es difícil creer que todavía hay sitios en donde no ha llegado Mc’Donalds, Coca-Cola, Bayer-Monsanto o Cargill, en donde no hay necesidad de policías comunitarias ni otras formas armadas, ni hay narcos amedrentando poblaciones enteras. Pero quiero creer que todavía puedo ser creativa y crear un espacio de vida que haga match[6] con lo que habita mi interior, o sea, un espacio que se mueve por el amor y no por la dominación.

Y es por eso que me escribo esto ahora para recordarme que no puedo volver del exilio académico solo para salir de México. No puedo volver a un sistema que me hace tan miserable y en el que no soy yo misma sino una autómata siguiendo órdenes sobre lo que sí puedo decir y a quién sí puedo y debo citar, pero donde yo no tengo voz, porque la voz de lxs académicxs no es más que una repetidora de los portavoces autorizados.

Y escribo esto porque también mi voz disidente merece ser leída y quizás haya algo en ella que se identifique con la tuya. Y es que hay tanto que quiero decir y al mismo tiempo estoy tan cansada de decirlo y de sentirlo… y luego hay tanto que ya no quiero decir, tantos sitios a los que ya no quiero volver, porque solo vuelve reales todas las quimeras, que son reales de por sí, pero me hacen recordar que mis exilios son sólo simbólicos porque sigo en el ojo del huracán que es este sistema autófago.

En fin… que si hay que buscar una moraleja hay que encontrarla en los márgenes.

 

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[1] Esquemas o disposiciones sociales clasistas que conforman los estilos de vida de acuerdo con los niveles educativos y las profesiones, que hacen que la gente perciba el mundo y actúe en él de modos específicos.

[2] Estrategia de supervivencia usada por personas con neurodivergencias (como el Trastorno del Espectro Autista, Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, Trastorno Límite de la Personalidad, Trastorno Bipolar y otras) que consiste en intentar camuflajearse o ponerse una máscara y actuar artificialmente a su naturaleza, con el fin de ser aceptadxs por la sociedad neurotípica.

[3] Sólo al final tuve una asesora que, aunque no conocía mi tema, no intentaba hacer “control de daños”, una valiente, crítica y amable profesora, pero para entonces yo ya estaba harta de las demás y de la academia en general. Sus valiosos esfuerzos siempre serán recordados por mí.

[4] Es irónico (y problemático en muchos sentidos) pensar que la mayoría de la gente, un altísimo porcentaje, de hecho, no logra ser admitida en los programas de educación superior en sus primeras opciones ni en las instituciones de su elección, pero yo siempre fui admitida a la primera. No por suerte, sino porque me iba bien en exámenes (estudiaba demasiado), y soy muy buena en entrevistas y creando proyectos, me construí de este modo para no mostrar ningún tipo de debilidad y porque aprendí todas las reglas que me ayudaran a dar orden y estructura a mi vida (algo que en mi cerebro no sucede naturalmente por desregulación de dopamina y noradrenalina/norepinefrina), sin embargo, era difícil para mí esa excelencia académica (aunque la tenía) porque no exigía mi genialidad sino mi complacencia de egos y acatamiento de órdenes, algo que nunca he hecho bien. A pesar de todo, en cada nivel académico tuve las mejores notas, recibí reconocimientos, fui la primera en titularme de mis generaciones, la única en obtener y mantener becas variadas (incluso en el extranjero), quien mantenía proyectos activos de investigación-acción en todos los niveles de educación superior, etcétera, pero nada de esto es suficiente para doctorarse si no podía quedarme callada sin señalar las contradicciones y violencias de los enfoques epistemológicos y de lxs profesorxs mismxs. Es que el problema nunca he sido yo o mis habilidades intelectuales y para las ciencias, el problema es el sistema académico y social que además se convirtió en mi verdugo por tanto tiempo.

[5] El “tokenismo” es un término que se usa para referirse a la inclusión simbólica que consiste en incluir personas de grupos vulnerados en equipos o estructuras primordialmente blancas, masculinas cisheterocéntricas. Es un intento fallido de integración, clásico de las políticas de inclusión en empresas, organizaciones globales, gobiernos, universidades y otros espacios. Estas personas suelen usarse para abanderar campañas o temáticas sensibles pero sus propuestas y contextos no son tomados en consideración para la organización o para los objetivos totales de los proyectos. Lxs tokens son percibidxs más como un símbolo representativo que como individuxs con opiniones, agencia política o liderazgo.

[6] Que encuentre su igual.